Respetar sus intereses, capacidades y tiempos

Fragmentos del libro “Lo que necesitan l@s niñ@s- ¿Una nueva escuela?”

(Raspall, L. Rosario: Editorial Homo Sapiens, 2019).



La llama interior

Tanto los padres como los docentes, cada uno en su rol y siempre con su indudable mejor intención, hacemos todo lo que podemos por los niños: esta afirmación preliminar –en la que me incluyo- despeja la posibilidad de que lo que sigue impresione como una acusación. Por esto, no tiene sentido cruzarse de brazos, mostrarse resistente o buscar una defensa. Sólo interesa que nos detengamos a reflexionar, porque en las últimas décadas, buscando nosotros mejorar y perfeccionar la educación, no hemos dado aún con las soluciones. ¿Cuál es la razón de este desconcertante fenómeno? Quizás sea, como enseñaba la italiana Maria Montessori*, porque seguimos girando en torno a un error básico: no estamos observando cómo los niños se desenvuelven naturalmente. Ellos tienen las respuestas a nuestras preguntas. Ahí se devela el misterio, aunque, en realidad, no haya nada escondido: sólo tenemos que ponernos a su altura para mirar el mundo.


Cada niño nace con una llama interior absolutamente única, un fuego propio que, a su manera, ilumina el mundo. De a poco esa llama comenzará a alumbrar los ojos de esas personas que se acercan a él para mirarlo, reflejándose en sus pupilas. También echará luz sobre el ambiente, pudiendo entonces observar ese mundo que, de a poco, empezará a atraerlo. El programa interno –encriptado y bien guardado por acción de la sorprendente biología- le irá señalando con sabiduría dónde poner el foco. El interés es genuino, inmenso: quiere conocer, pero no cuenta aún con los recursos necesarios para hacerlo por su propia cuenta. Entonces necesita del adulto para que lo asista en la exploración, respetando las señales de su llama. De no hacerlo así, la llama se debilitará y los intereses ya no serán suyos sino ajenos.


Todos los educadores, docentes o padres, debemos asumir la importante misión de custodiar su llama, recordando que no es precisamente el viento quien la suele apagar, sino nosotros mismos.


Cuando el fuego interior se expresa sin trabas ni condiciones, la curiosidad penetra en la realidad del entorno para explorarlo libremente, para impregnar sus sentidos con las incesantes sensaciones que va percibiendo. Allí nace el juego, en un sentido amplio y abarcando todas sus dimensiones, esa instancia en la que el niño recorta un pedacito del universo para aprehenderlo, manipularlo y hacerlo propio. El desconcierto y el caos –aparentes para quien mira desde afuera- dejan paso a esa inspiración que busca observar y conocer los objetos y materiales que lo rodean, procurando construir con ellos esos conocimientos que lo elevan. Bebé, lactante, niño, adolescente o adulto… la llama, si no fue sofocada en la infancia, siempre va a iluminar aquello que le interesa y motiva. Por esto, si nos dejamos guiar por esa sabiduría interna, tendremos el camino allanado –de esto se trata respetar sus intereses-. Es mejor que la educación empiece de adentro hacia fuera: el secreto está adentro suyo.


Conocer el mundo

Los niños quieren explorar y conocer el mundo en el que habitan: aquí está su interés. Pero el mundo al que ingresan está hecho por y para los adultos, a su imagen y semejanza. Entonces se le hace difícil acceder, cuando no somos nosotros mismos los que obstaculizamos ese movimiento, por miedo a que se lastimen, para que no ensucien o por temor a que rompan nuestras preciadas posesiones. Con suerte, disponen de una habitación para ellos en su casa y un mobiliario acorde a su tamaño y posibilidades en las salitas de nivel inicial. El resto, a escala del adulto, un mundo acorde a sus intereses y necesidades. De esta imagen procuro que no se desprenda una pregunta absurda –escondiendo la queja y la resistencia- de si deberíamos entonces comprar heladeras de su tamaño o poner el horno microondas a 40 cm. del suelo; sólo pretendo mostrar cómo nosotros armamos un mundo a nuestra medida y no a la de ellos. Éste es el punto, y va mucho más allá de la sola disposición física de las cosas. Todo está pensado para nuestra comodidad y posibilidades, no para la de ellos. El adulto se pone a la defensiva, procurando proteger sus objetos, sin darse cuenta de que, así, no está siendo atento y generoso a las inquietudes del niño. Tantos no frustran el interés genuino de la exploración. ¿Cómo puede entender él que nada se puede tocar? Que de todo el mundo, sólo puede acercarse a un muñeco, un autito o una pila de bloques. ¿Y el resto de las cosas? Muchas veces, tras la fijación de un límite aparece esa respuesta del niño que rápidamente identificamos como un capricho o un berrinche; visto desde otra óptica no es más que la manifestación de la queja por obstaculizar los movimientos de una sensibilidad que busca expresarse. ¡Es la llama buscando sobrevivir! Si ponemos trabas permanentes al desarrollo de la sensibilidad interior es de esperar que surja una queja y, lejos de taparla o inhibirla, debemos escucharla. Y no estoy borrando con el codo lo escrito en el capítulo anterior: los límites son absolutamente necesarios; ahora, todos no, no creo que funcione… Los juguetes parecen ser los únicos objetos que el adulto ha podido imaginar para el niño, pero él quiere mucho más que eso. Quiere conocer el mundo de verdad, no que el universo sea sustituido por esos pocos elementos que estrechan sus miras. Busca la libertad, romper las cadenas de ese mundo que lo ata a los pocos o muchísimos – demasiados- objetos de colores pensados para él… quiere también lo otro, lo que está al alcance de los adultos, las cosas del mundo real, lo que lo anima a construir. Explorar el mundo es una de las prioridades del programa interno con el que cada uno de nosotros viene equipado desde la misma concepción; lo es desde muy pequeños y va ensanchándose a medida que el cuerpo va mejorando sus mecanismos y posibilidades.


Cada instancia del desarrollo tiene un período de sensibilidad especial que, lejos de ser inhibido o trabado, debe ser habilitado y estimulado. Conocer el mundo que nos rodea es una prioridad desde la más tierna infancia.


Sin prohibiciones permanentes, amenazas y castigos: el entorno debe estar abierto para que el niño lo conozca. Él debe poder moverse con espontaneidad para seguir las pautas de acción que adentro suyo van surgiendo: si su comportamiento impresiona desordenado o azaroso, mejor esperarlo... todavía está conociendo. Si existen objetos potencialmente peligrosos o en extremo frágiles para la destreza del niño, entonces quizás lo mejor sea sacarlos, para que el adulto pueda relajarse y –sólo así- habilitar al niño a explorar libremente.


Si el medio es el adecuado el niño podrá trabajar con los materiales que tiene a su alcance, conociendo, inventando y construyendo, desenvolviéndose de manera adecuada y alimentando sus distintas capacidades. Quiere hacerlo, incluso cuando su trabajo no tiene más frutos que el trabajo mismo; no hay una recompensa detrás de su labor, sino sólo el disfrute de estar haciendo conforme a su voluntad, poniendo en juego todos sus recursos y todo lo que aprendió.


Por otro lado, si el entorno es el apropiado, no va a requerir mayormente del adulto –lo más difícil es que éste sepa mantenerse al margen-, ganando progresiva autonomía. Y como crece haciendo y se desarrolla trabajando, lo mejor es que nadie haga por él. Quizás complique esto el hecho de que el mundo del adulto es cada vez más complejo: todo regulado, apretado, preciso y acelerado. ¡Entonces moverse, explorar, imitar, jugar y trabajar pasa a ser peligroso! Podemos coincidir en que en estos tiempos no es fácil escapar del sistema, pero no por esto dejemos de advertir que este diseño del medio es inadecuado y poco conveniente para el niño. Las reglas y cuidados del adulto, muchas veces terminan bloqueando su interés por aprender: la llama se debilita.


Por todo esto, más allá de la satisfacción de las reconocidas necesidades primarias –a las que sumamos algunos puntos en el capítulo anterior-, es una prioridad del niño conocer el mundo. Y aquí la capital importancia de advertir esta necesidad, para no cohibirla ni obstaculizarla de manera sistemática, sino para abrirle las puertas a la exploración. La misión del adulto en este punto es advertir el pedido y proveer o facilitar los estímulos que posibiliten y favorezcan el desarrollo de aquello que la propia programación interna del niño va señalando. Y, una vez más, ahí donde la familia puede fallar o tener serias carencias, la escuela puede compensar: es el docente quien puede facilitar en el aula las experiencias acordes a los intereses naturales del niño, potenciando así todo aquello que el cerebro –el niño, por supuesto- se muestra ávido por aprender.


Es tiempo de que abramos los ojos y que, de una vez por todas, entendamos sus necesidades reales: respetar sus intereses es una de ellas. De esto se trata aprender a escucharlos.

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